| Maestro de alegría
Nació en Alegría en 1868; murió en Tegucigalpa, Honduras, en 1932. Periodista, pensador y maestro. Fue director del periódico “Patria” de 1928 a 1930.
También se destacó como ideólogo y director de la campaña presidencial que llevó al poder al ingeniero Arturo Araujo en 1930, ese mismo año fue elegido como diputado de El Salvador.
Su estilo literario es de primera categoría. Los críticos han negado que Masferrer fuera un poeta, aunque incluyera algunos poemas en su libro “El Rosal Deshojado” y en publicaciones de su época. Pero el poema Blasón es reconocido como un bello poema. Entre sus obras encontramos:¿Qué debemos saber?, El mínimum vital, Las siete cuerdas de la lira, Ensayo sobre el destino, El dinero maldito, El libro de la vida, Estudios y figuraciones sobre la vida de Jesús, La misión de América y Una vida en el cine.
Alberto Masferrer: El pensador que quiso vivir con lo mínimo
Ningún intelectual salvadoreño ha despertado tantas opiniones y de distintos juicios como Alberto Masferrer, el creador del vitalismo.
Usulután Mauricio Vallejo Diario de Oriente diariodeoriente@elsalvador.com
 Alberto Masferrer nunca dejó de pensar, siempre mantuvo ese ejercicio dentro de sus ensayos y en sus pláticas lo que consiguió un buen número de enemigos y amigos a lo largo de su vida. Cuando un capitalino conversa con un habitante de la zona oriental de El Salvador, no es raro escuchar que diga con orgullo que “los pensadores más conocidos de El Salvador han nacido al otro lado del Lempa”.
Y no están equivocados al decirlo, porque al oriente del país nacieron Francisco Gavidia, Hugo Lindo y Alberto Masferrer, tres de los grandes pensadores del siglo pasado. El último de ellos fue el hombre que creó el vitalismo, un pensamiento que ganó muchos simpatizantes y detractores. La ciudad de Alegría, en Alegría, Usulután, fue la ciudad en la que creció Alberto Masferrer Mónico, uno de los ensayistas y filósofos salvadoreños más reconocidos de su tiempo.
Cuando niño jugaba en las calles empedradas y observaba la naturaleza, así fue como comenzó su tarea como pensador e intelectual, al mismo tiempo que crecía devoró muchos libros para conocer el por qué de las cosas, agotando las bibliotecas, muy escasas en su pueblo, que tenía más cercanas. Cuando fue estudiante intercambió libros con sus amigos y se fue haciendo de su biblioteca personal.
Masferrer sabía lo importante que era el conocimiento, por esa razón se dedicó a aprender de todo. No era raro encontrarlo tan concentrado en los libros que ni siquiera reparaba en la presencia de alguna persona. Las horas tampoco importaban, lo único que tenía importancia era aumentar el conocimiento y eso fue lo que hizo. El ensayista fue autodidacta y se formó con la experiencia que la edad le iba dejando, lo que el definió como la “Universidad de La Vida”, la mejor escuela que él podía tener, según su propia opinión, porque fue la que mejores cosas le enseñó.
Poesía no
Cuando decidió dedicarse a la literatura, consideró que su carrera sería como escritor de poemas, un género que no le favoreció mucho, según algunos intelectuales, por eso escribía crónicas, cuentos y ensayos. Con el tiempo y la llegada de la madurez fue que decidió expresar sus pensamientos de una forma sistemática y se dio la tarea de escribir ensayos y estudios sobre los temas que más le interesaban, centrándose sobre todo en los factores sociales como el hambre, la ignorancia y la pobreza. Precisamente estos fueron los temas que cimentaron la creación de su obra más famosa “El Mínimum Vital”.
Muchas personas compartían sus ideas, pero no querían apoyarlo porque consideraban que él era un “inadaptado”, mientras otro grupo consideró que las ideas de Masferrer eran equivocadas y lo miraban con lástima.
Incluso algunas personas lo llamaron “comunista” después de la publicación de su libro “el mínimum Vital”, enfatizando que su persona estaba en contra de las ideas del gobierno de esa época. En cambio las personas que lo apoyaban eran en su mayoría intelectuales, entre la gente que admiraban su pensamiento estaban Claudia Lars que consideraba a Masferrer como “maestro y director de multitudes”; Miguel Ángel Espino opinaba que el ensayista “fue el apóstol de la armonía social en El Salvador”.
En todo momento el filósofo Alberto Masferrer Mónico mantenía una estrecha unión con el pensamiento. Salarrué reconocía que estaba influenciado por él: “La atracción que este gran espíritu ejerce sobre mí es enorme”. La base de su pensamiento fue llamada “vitalismo” y consiste en que todos los individuos tienen derecho a un mínimo de vida en todas las necesidades básicas de la existencia: vivienda, alimentación, trabajo y educación. Sin embargo, a pesar de que sus ideas eran de carácter popular, también tenía detractores dentro de los sectores de izquierda.
Roque Dalton escribió un artículo en contra de él, en el que lo insultaba llamándole “Viejo’e mierda”. Lo acusaba de “aguado y maricón”, por no ser un radical marxista, algo que Masferrer nunca fue.
Por la paz
Además de laborar como pensador, donde no resultó muy comprendido, Masferrer también laboró como cónsul, representando a El Salvador en San José, Costa Rica, y Bélgica. También viajó por todos los países de Centroamérica, Chile, Nueva York y Europa. El tenía la idea de la resistencia pacífica ante los problemas sociales, algo que compartió con el líder hindú Mahatma Gandhi, aunque Masferrer la quiso emplear nueve años antes que Gandhi. Al final de sus días, en 1932 y ante la amenaza de la rebelión campesina, Masferrer temió por su vida y abandonó el país.
Después de querer encontrar soluciones a los problemas de El Salvador a su manera, buscar reformas legales a las injusticias y ser considerado comunista se autoexpatrió. Murió en soledad el 8 de septiembre de 1932, dejando como herencia a El Salvador su obra que comenzó a ser estudiada de manera sistemática por los centros educativo años después de su muerte.
La Calle de la Muerte (Fragmento) Los domingos, desde muy de mañana y todo el día, la vida enlaza esos tres antros en que el vicio, el crimen y el dolor se funden en una trinidad fatídica. Desde las siete de la mañana comienzan a pasar, viniendo del Volcán, labriegos jóvenes y viejos. Vienen a divertirse. Han trabajado toda la semana, curvados sobre el suelo, sembrando, arando o escarbando, para que el maíz, el arroz, el frijol y el plátano colmen nuestra mesa; para que las flores más bellas adornen nuestros búcaros; para que la leche y los huevos nos conforten y nutran; para que la vida, en toda forma, descienda de allá arriba, y venga, en ondas de salud y alegría, a reavivar las fuerzas decaídas de los que penamos y pecamos en la ciudad. Han trabajado toda la semana esos labriegos, ellos y sus mujeres y sus hijos. Mientras ellos escardan o desmontan, la mujer y las hijas mayores lavan, remiendan y aplanchan, muelen y cocinan, vienen diariamente al mercado a vender flores y legumbres, y a llevar provisiones y medicinas: cosen la enagua y la camisa; cuidan de las gallinas y de los cerdos: atienden al enfermo; van al no lejano, a traer el cántaro de agua para los menesteres urgentes. Ya noche, cansadas, fatigadas, caen pesadamente sobre el camastro o el tapesco, y duermen como troncos -si no hay niño pequeño que las desvele-, hasta que Venus, el apacible Nixtamalero, comienza a desvanecerse ante los blancores del alba. Tomado del libro “El Dinero Maldito y otros de Alberto Masferrer”. Canoa Editores, 1993
OBRAS: Hazte un cristal de Alberto Masferrer
Tu misión es hacerte un cristal.
No un sol - porque los soles vienen de muy alto - , sino un cristal que concentre los rayos del sol; les abra camino a través de su transparencia y ya juntos en haz resplandeciente, lleve su luz aun a los ojos mas nublados; aún a las mentes mas oscuras, aun a los corazones más dolientes.
Otros, pensaron; otros descubrieron; otros penetraron el corazón del Arcano. Tú, gozoso y humilde, hallarás tu gloria, en decir.
Tú no eres la luz; tampoco la luciérnaga es luz, pero en su cabecita lleva una antorcha. Que tu palabra sea llama que encienda la antorcha.
Concéntrate y gloríate de ser un cristal. Un cristal que a la vez ha de ser prisma de tres fases, una lente de gran concentración, y una simple lámina, diáfana como el agua en que se desvanece el ventisquero. Prisma de tres fases para Bondad, para Verdad, para Belleza. Lente que recoja y concentre, para dar tono, penetración y fuerza a los mil imperceptibles gemidos de las criaturas tristes, que padecen porque no tienen voz. Lámina igual y diáfana, para no deformar las palabras hondas que ya fueron escritas, y que vienen a ti porque las hagas entender a los sencillos y a los ignorantes.
Hazte un cristal: sé medianero de la luz; sirve de puente a la Aurora, que ansía descender hasta el alma tenebrosa del hombre, y al enfermo corazón del hombre, que anhela subir a purificarse y diafanizarse en la Aurora.
Tu misión es hacerte un cristal. Mas al cristal sólo se llega por la senda de la Humildad, de la Pureza, de la Sencillez, de la Alegría y del Silencio; de la PERFECTA humildad; de la PERFECTA pureza; del PERFECTO silencio; de la PERFECTA sencillez, de la PERFECTA alegría.
¿ Puedes tú devenir un cristal?
Perfecta es la pureza de aquel que destierra de sí, todo anhelo que no sea el anhelo de recibir y esparcir la luz.
Perfecta es la humildad de aquél que nunca olvida que luz viene de lo Alto y no de él, y que no viene sólo para él , sino para toda sombra y toda pena.
Perfecto es el silencio de aquél que no disemina sus pensamientos ni sus ansias de comprender y realizar otros aspectos de la vida, sino que los concentra y totaliza en la perenne y única ansiedad de atraer y difundir la luz.
Perfecta sencillez es la de aquel que se mantiene simple, sin engastes ni adornos, confiado en la belleza de la diafanidad en la virtud suprema de ser verdadero y transparente.
Perfecta es la alegría de aquél que no se deja empañar por nieblas ni tinieblas; que sabe irisar sus propias lágrimas: que olvida su propio dolor - porque sabe que la luz es serenidad y alborozo- , y el dolor ajeno transforma en oración - en demanda de luz -, porque sabe que toda oscuridad y toda pena se curan con la luz…
Tu misión es hacerte un cristal…
¿ Quieres tú devenir un cristal…?
Obtenido de "http://es.wikisource.org/wiki/Hazte_un_cristal"
La Calle De La Muerte
Esta calle en que vivo yo, debiera llamarse Calle de la Amargura. Y mejor aún, Calle de la Muerte. A seis cuadras, oeste, me queda el Hospital, a donde va, a todas horas, una caravana de dolientes, pobres o miserables los más, a ver si les dan algún alivio. A cinco cuadras, en dirección contraria, me quedan tres estancos, donde se bebe día y noche; donde la pianola, el fonógrafo, los gritos de los ebrios y el chocar de vasos y botellas ensordecen los oídos de los transeúntes, y también su conciencia, para que no piensen en los dramas que ahí se incuban.
Frente a mi, a una cuadra, está la Penitenciaria, donde viven los criminales desvalidos; los que no tienen la llave dorada que abre las puertas de la Justicia.
Los domingos, desde muy de mañana y todo el día, la vida enlaza esos tres antros en que el vicio, el crimen y el dolor se funden en una trinidad fatídica. Desde las siete de la mañana comienzan a pasar viniendo del Volcán, labriegos jóvenes y viejos. Vienen a divertirse. Han trabajado toda la semana, curvados sobre el suelo, sembrando, arando o escardando, para que el maíz, el arroz, el, frijol y el plátano colmen nuestra mesa; para que las flores más bellas adornen nuestros búcaros; para que la leche y los huevos nos conforten y nutran; para que la vida, en toda forma, descienda de allá arriba, y venga, en ondas de salud y alegría, a reavivar las fuerzas decaídas de los que penamos y pecamos en la ciudad.
Han trabajado toda la semana esos labriegos, ellos y sus mujeres y sus hijos. Mientras ellos escardan o desmontan, la mujer y las hijas mayores lavan, remiendan y aplanchan, muelen y cocinan, vienen diariamente al mercado a vender flores y legumbres, y a llevar provisiones y medicinas: cosen la enagua y la camisa; cuidan de las gallinas y de los cerdos: atienden al enfermo; van al no lejano, a traer el cántaro de agua para los menesteres urgentes. Ya noche, cansadas, fatigadas, caen pesadamente sobre el camastro o el tapesco, y duermen como troncos-si no hay niño pequeño que las desvele-, hasta que Venus, el apacible Nixtamalero, comienza a desvanecerse ante los blancores del alba.
Así es la vida en el Volcán, así se trabaja toda la semana. ¿Qué cosa más justa que bajar el domingo para descansar, para divertirse? Por eso desde muy de mañana bajan los labriegos, limpios, endomingadós, decididores, ligeros; dan una vuelta por la ciudad mientras se abre el estanco, y apenas éste despliega sus fauces, entran y beben. Un vaso tras otro, de pie, o apenas sentados en bancos miserables, beben el aguardiente, se embriagan, se embrutecen, pierden el sentido, se vuelven hoscos, agresivos, pendencieros, sacan las cuchillas, y hieren. Hieren al compañero, al camarada, al amigo, á quien se le enfrenta, a cualquiera. El aguardiente, el guaro de caña el más hostil de los licores, en que un verdadero demonio se esconde, sediento de lucha y de sangre, ofusca con sus vapores su rudo entendimiento y les impele a la riña y al crimen.
En breves horas, todo el trabajo de la semana es disipado. Si la mujer, con mimos a escondidas, logró sustraer algunos reales, va habrá siquiera para comenzar la semana. Si no, ella y las pobres muchachas corretearán el lunes, angustiadas, para encontrar el quécomer, la medicina para el herido y los honorarios para el abogado, inflexible en la exigencia de los anticipos que han e cubrir los primeros gastos.
En breves horas, todo el bregar, todo el afán, todo el sudor de la semana, pasan, convertidos en dinero
maldito, a la gaveta de la cantina. Con el mismo tesón e ímpetu con que trabajan la semana, así tragan veneno, un vaso tras otro, hasta que Las piernas les flaquean, la voz enronquece, Las palabras se confunden y huyen, la mente se nubla. el corazón se encrespa, y la fiera surge de Las profundidades del hombre, presto a desgarrar y a devorar.
Beben, beben más, siempre más. Primero son copas sencillas, espaciadas con risas y charlas; después son copas dobles, alternadas con abrazos y cantos, o promesas y lágrimas; después es la sed, la sed del licor, que no se apaga sino que se enciende cuanto más se bebe. Y entonces todo huye, todo se desvanece: la memoria, la atención, el juicio, el sentimiento del yo, el discernimiento del bien y del mal: es la locura, última forma de la embriaguez, que franquea el paso del hombre a la bestia, a La fiera.
Y entonces, viene la sangre.
Desde Las cuatro de la tarde, a veces antes, comienza el desfile del regreso. Los que vi pasar por la mañana alegres, ligeros, con la fiesta en el corazón y en Los ojos, vuelven vacilantes, dando tumbos, cayendo aquí y allá; Los ojos extraviados o mortecinos, las ropas salpicadas de lodo, Los labios escurriendo baba y barbotando palabras sin sentido. Algunos caen, pesadamente, y quedan ahí, tendidos, largo a largo, vuelta al cielo la faz inexpresiva, o son llevados por los camaradas, a quienes insultan y rechazan, o apaleados por el policial, que castiga como desacato lo que es simple locura o inconsciencia.
De rato en rato, un herido: algunos vienen solos, el brazo en cabrestillo, roja toda la manga con la sangre que va extendiéndose y goteando.
Otros con la cabeza hendida, o el pecho destrozado,
o un hombro colgante, o los intestinos pugnando por salirse, avanzan lentamente como anestesiados, apoyándose en Los compañeros-tambaleantes ellos también-, que llevan el herido al hospital. Un hilo de sangre mana de esas heridas enormes; ahí donde el dolor o la terquedad hicieron detenerse al herido, queda un manchón rojo, que luego enjugarán Los perros vagabundos.
Toda la tarde pasan heridos, y la calle se motea a uno y a otro lado de gotas y más gotas de sangre. Sangre roja potente, vigorosa, que se encendió en el sano trabajo de la labranza, al beso del viento y del sol, para venir a estallar en fiebre y en locura en el estanco. donde las manos ávidas de la estanquera recogen la vida y escancian la muerte...
¿Cuántos de esos que pasan arrastrándose hacia el hospital, saldrán curados de alma y cuerpo, y volverán su casa, después de sumergir en tristeza y dolor a sus gentes?
¿Cuántos saldrán para el cementerio, ignorados y despreciados, como inútil carroña que va no puede dar su labor a cambio de aguardiente?
¿Cuántos al salir, irán a la Penitenciaria, a pudrirse aguardando que la Justicia les recuerde?
Al fin salen: el defensor les ha comido el trabajo de años; la casita, la vaca, el huatal, cuanto podía venderse empeñarse, se vendió o empeñó para cubrir Los gastos de la defensa. Al fin salen, comprometidos con el patrón, empeñados y arruinados para muchos años, a veces para siempre. Mientras se pudrían en la cárcel, se murió el chiquitín; enfermó y sufrió largamente la madre; la esposa, afanada, fue y vino mil veces, a suplicar al Juez, llevándole recomendaciones; abandonó el huatal, y entró al servicio en la ciudad, para estar más cerca, y ver y consolar al preso, activar la tarda y avariciosa gestión de la defensa. Y mientras, allá arriba, sola, la muchacha, cuidando de los hermanitos y de las gallinas, sucumbió a las promesas del patrón, o fue seducida por el camarada de su padre, y tuvo un niño... una carga más para el hogar exhausto...
Un niño más, que luego será un hombre, y aprenderá a beber y a emborracharse, y a herir, y a que le hieran, para que su trabajo, su vida, vayan a enriquecer las arcas nefandas donde los fabricantes y vendedores de la muerte guardan el dinero maldito.
Sí, esta calle, donde hace ya cinco años veo desfilar, domingo a domingo, una caravana de hombres ensangrentados: esta calle que va del Estanco al Hospital, bordeando la Penitenciaría y ramificándose por un lado hacia el Volcán, que es el trabajo y la sencillez, y extendiéndose por el otro hacia la Ciudad, que es la mentira y la rapiña... esta calle por donde bajan por la mañana la alegría y la vida, y suben por la tarde cambiadas en tristeza y en muerte. . . esta calle que debiera ser toda ella roja, tantas la sangre que ha empapado su suelo... es, de veras, Calle de la Muerte.
Calle del Aguardiente, Calle de la Sangre, Calle de la Cárcel, Calle del Infierno.
Si; ésta debe llamarse Calle de la Sangre, Nuestra Calle; pues nosotros vivimos y gozamos de la sangre que mancha y enrojece el suelo de esta calle. De esa sangre cristalizada en el Presupuesto y transformada luego en la mentira de la Cultura, vivimos y gozamos nosotros los privilegiados.
Con esa sangre vamos a Europa, a divertirnos y a corrompernos, si todavía nos falta corrupción; con esa sangre se paga el diploma del médico y del jurisconsulto; con esa sangre nos costeamos Las fiestas diplomáticas y los banquetes patrióticos, con esa sangre cubrimos Los gastos de mil cosas superfluas, dañosas, tontas o inútiles; con esa sangre sostenemos la vida de monerías que imaginamos civilización y progreso.
Y con esa sangre, nosotros Los señores de la Tierra y del Comercio y de la Banca, vosotras Las nobles matronas, vosotras Las señoritas gentiles y nosotros los caballeritos apuestos; con esa sangre se pagan nuestros ocios, nuestros lujos, nuestras joyas, nuestras mansiones, nuestras quintas, toda nuestra vida ociosa y mentirosa. gris y charlatana, alimentada incesantemente con el dinero maldito!
El dinero maldito... ésa es nuestra vida... ésa también será nuestra ruina...
Tomado del libro "El Dinero Maldito y otros de Alberto Masferrer" Canoa Editores 1993
"El Dinero Maldito" Alberto Masferrer 19__
Paz a los hombres de buena voluntad de Alberto Masferrer
A vosotros, los que amasáis riquezas fabricando el demoníaco brebaje, paz.
A vosotros, los que lucráis y gozáis de la vida comerciando con el diabólico veneno, paz.
A vosotros, los que ganáis míseramente el pan de cada día revendiendo el funesto licor que torna al hombre en fiera, paz.
A ti, hombre de Estado o financista, que haces un río de oro de lo que es sangre y embrutecimiento y ruina, paz.
A todos vosotros que hacéis el mal por ignorancia o inconsciencia y hasta creyendo que hacéis bien, paz.
Pasemos una esponja sobre el ayer, y que nadie os cuente la sangre vertida, ni las prisiones desastrosas, ni los hogares desechos, ni los niños abandonados, ni las madres desamparadas, ni las tranquilas heredades vendidas para el vicio, ni la salud perdida, ni el alma caída en tinieblas, ni el fracaso total de las vidas, a que llevó el tóxico fatal que vosotros vertísteis en la copa insaciable del lucro…
No sabíais …no pensábais…no fuísteis culpable, Paz a vosotros.
Mas ahora, sabéis. Ahora vuestros ojos se abrieron y se iluminó vuestra conciencia. Ahora, si fijáis la vista en la copa en que espumea el aguardiente, veréis cómo se vuelve roja o negra : roja de sangre, negra de miseria y de ruina. Ahora ya sabéis que cada moneda que echáis en vuestras arcas como precio de la fatal bebida, es la suerte de un pobre labriego que irá a presidio; de uno que irá al sepulcro; de un niño que caerá en la orfandad; de una esposa que verá día a día consumirse el esfuerzo de su compañero, en el estanco o en la cárcel. Ahora comprendéis que eso es trocar en placer y en lucro, el dolor y el hambre.
Paz a vosotros. Que se olvide el ayer, y aún el hoy. Ahora todavía, y por algún tiempo, tendréis que seguir explotando el dinero maldito. La cantinera, el estanquero, el importador, el destilador, y hasta el contrabandista lleno de zozobra, todos habéis caído en las redes de la necesidad, o del hábito, o de la codicia. Y toda red aprisiona y entraba.
Todavía, durante un año, dos años, tres años, os dominará el pasado, y tendréis que fabricar y que vender y revender veneno. Pero lo haréis ya con dolor. Los haréis con el deseo de no hacerlo más. Lo haréis con el anhelo de cambiar vuestro negocio triste, vuestro trabajo lúgubre, por otro que sea claro, y fecundo y vivificante. Pasarán apenas tres años, y ya ninguno de vosotros sufrirá la esclavitud del dinero maldito. Tú , el gran hacendado, que ahora siembras caña para el alambique, la sembrarás para el azúcar o el pasto; si es posible, y mejor aún, sembrarás el maíz, el trigo, el frijol , el plátano, el arroz; cosas que son salud, que son vida, que son alegría. Sin duda que no seréis así tan ricos, pero sí mas felices.
Tú, el comerciante en grande , que importas toneladas de tóxico, invertirás tu dinero en traer herramientas para labrar la tierra, en géneros de buena clase para vestirnos; en buena harina para cocer buen pan; en vino puro y generoso, que conforte a los débiles y a los enfermos.
Tú, la cantinera, y tú , el estanquero, que pasáis los días y las noches aspirando el vaho nauseante de la ebriedad, y oyendo los gritos bestiales de los ebrios, buscaréis un oficio honesto, limpio, benéfico; haréis pan , haréis vestidos; guardaréis los ganados; cultivaréis el suelo; forjaréis el hierro, labraréis la madera, cuidaréis de los niños; iréis de pueblo en pueblo, llevando las mil cosas gratas y necesarias del vivir.
Y tú, contrabandista, tú que vives en la zozobra , expuesto a que te descubran y te aprisionen, y te despojen de tu angustiado haber; tú que pasas las noches en los barrancos, bajo la llovizna o los insectos: tú que eres tan atrevido y valeroso; tú que eres tan hombre, ahora que ya sabes que el aguardiente es ruina, dolor y sangre, arrojarás los cacharros de la destilación, y vendrás con nosotros al trabajo sereno y ostensible, y más que nosotros gozarás del fruto de tu esfuerzo, porque más que nadie tienes energía y valor.
Sí, paz a vosotros que andábais ciegos y como ciegos hicisteis. Ahora, ya con los ojos limpios y la conciencia esclarecida, buscaréis cada uno el camino de la liberación, y todos, hoy algunos , mañana los demás, todos celebraréis un día, un día que está próximo, la vuelta a la faena limpia, bienhechora y cordial.
¡ Apresurad el día, hermanos! , ¡ anhelad día y noche su advenimiento y llegaréis antes de lo que pensáis!
Entre tanto, paz a vosotros.
Obtenido de "http://es.wikisource.org/wiki/Paz_a_los_hombres_de_buena_voluntad"
El elogio del silencio de Alberto Masferrer
Silencio es recordar que toda palabra tiene un hoy y un mañana; es decir; un valor de momento y un alcance futuro incalculable.
Silencio es recordar que el valor de la palabra que pronunció no tanto viene de su propia significación ni de la intención que yo le imprimo, cuánto de la manera con que la comprende quién la oye.
Silencio es reconocer que los conflictos se resuelven mejor callando que hablando, y que el tiempo influye más en ellos que las palabras.
Silencio es reprimir la injuria que iba a escapársenos, y olvidar la que nos infirieron.
Silencio es recordar que si hubiera diferido una hora sola mi juicio sobre tal persona o suceso, en esa hora pudo llegar un dato nuevo, que hiciera variar aquél juicio temerario y cruel.
Silencio es recordar que el simple hecho de repetir lo que otros dicen, es formar la avalancha que luego arrastra la reputación y la tranquilidad de los demás.
Silencio es no quejarse, para no aumentar las penas de los otros.
Silencio es decir HICE, en vez de HARÉ.
Silencio es recordar que la palabra al pronunciarla, se lleva una parte de la energía necesaria para realizar la idea que aquélla encarna.
Silencio es no exponer la idea o el plan a medio concebir, ni leer la obra en borrador, ni dar como criatura viviente lo que es apenas un anhelo.
Silencio es la raíz y por eso sostiene.
Silencio es la savia, y por eso alimenta.
Silencio es recordar que si para nuestras cuitas y esperanzas es nuestro corazón un relicario, el corazón ajeno puede ser una plaza de feria y hasta un muladar.
Silencio es el capullo donde la oruga se cambia en mariposa y silencio es la nube donde se forma el rayo.
Silencio es concrentarse, seguir la propia órbita, hacer la propia obra, cumplir el propio designio.
Silencio es meditar, medir, pesar, aquilatar y acrisolar.
Silencio es la palabra justa, la intención recta, la promesa clara, el entusiasmo refrenado, la devoción que sabe a donde va.
Silencio es SER UNO MISMO, y no tambor que resuene bajo los dedos de la muchedumbre.
Silencio es tener un corazón de uno, un cerebro de uno, y no cambiar de sentimientos o de opinión porque así lo quieren los demás.
Silencio es hablar con DIOS antes que con los hombres, para no arrepentirse después de haber hablado.
Silencio es hablar uno calladamente con su propio dolor, y contenerlo hasta que se convierta en sonrisa, en plegaria, o en canto.
Silencio es, en fin, el reposo del sueño y el reposo de la muerte, donde todo se purifica y restaura, donde todo se iguala y perdona.
Obtenido de "http://es.wikisource.org/wiki/El_elogio_del_silencio"
Cuatro de julio de Alberto Masferrer
En otro tiempo, era este un gran día para toda la América. Los del Norte celebraban su emancipación de Inglaterra. Los del Centro y del Sur, celebraban la Independencia de la nación poderosa y generosa, que emplearía su inmenso poder, llegado el caso, en ayudar a sus hermanas a mantenerse libres y a desenvolverse en la libertad y la cultura.
Así , el 4 de Julio era el día de América, el día panamericano. Entonces no reinaba Wall Street, ni los hombres del norte habían aprendido que las palabras internacionales tienen dos usos, uno para decir y otro para hacer.
Ahora, el 4 de Julio carece de significación fuera de los Estados Unidos, y hasta se nos vuelve difícil no sentirlo como una fecha repulsiva, de recuerdo antipático. Porque la nación que lo conmemora y festeja, no es ya para nosotros una esperanza, ni siquiera una tranquilidad: es la conquista, es el menosprecio, es la absorción.
Sin embargo, queremos saludar este día; queremos recordar algo que enaltezca a los que hoy nos deprimen; queremos ensalzar un nombre que sea entre ellos y nosotros una promesa de reconciliación, una esperanza de confraternidad.
Felizmente existe ese nombre y lo acogemos para señalarlo como un símbolo de verdadera justicia, de sinceridad total en la palabra y en la acción.
Saludemos, pues, reverentes, el nombre inmaculado de Lincoln.
Julio 4 de 1928.
Obtenido de "http://es.wikisource.org/wiki/Cuatro_de_julio"
Justicia para el indio de Alberto Masferrer Hace ya cuatrocientos y treinta años que los indios de América fueron subyugados, y desde entonces son víctimas del asesinato, del robo, de la extorsión, del menosprecio, del vilipendio en toda forma. Se les ha ultrajado en su cuerpo, en su propiedad, en sus sentimientos, en su trabajo, en su honra, en sus creencias. Se ha embrutecido a fuerza de malos tratamientos, se les ha enseñado a viciosos para explotarlos y para dominarlos, y una vez caídos en el vicio, se les ha tratado de imbéciles , de haraganes, de rehacios al progreso, de sucios, de incivilizables. Este crimen se está cometiendo en América hace ya más de cuatro siglos. Y no cesa de perpetrarse, aunque su forma vaya cambiando según lo aconseja el interés o la hipocresía de los victimarios. Ahora bien, este crimen colectivo, perenne y secular, es la causa principal de que América, Indoamérica, yazga en la postración, en la dependencia y en la humillación. Los blancos y los semiblancos de la América India , que son una muy pequeña minoría, ejercitan sus fuerzas en extirpar a los indios, que son los más , el ochenta por ciento de la población. Tanto valdría que la cabeza cifrara su interés y su ideal en deshacerse de sus brazos , de sus piernas , del tronco, de todo lo que forma el cuerpo. El haber reducido a la condición de parias a la gran mayoría de sus pobladores , es el pecado y el error monstruoso de América; es lo que estamos expiando ya , lo que nuestros hijos van a pagar terriblemente. Nos comprometemos nosotros luchar a favor de los indios de nuestro país, y de reflejo, a favor de los indios de todo el Continente. Y con entera fe en la bondad de esta causa, comenzamos ahora esta campaña, encaminada a obtener Justicia para el Indio, que iremos desarrollando lentamente pero con insistencia, a ver si logramos que se abran los ojos y se ilumine el corazón de estos pueblos, que están causando su propia ruina al arruinar a quienes son sus hermanos y sus devotos servidores: JUSTICIA PARA EL INDIO. Obtenido de http://es.wikisource.org/wiki/Justicia_para_el_indio
Blasón
Un andrajo de mi vida me queda: se perdió en misérrimas luchas lo que era fuerza y flor. Rateros y falsarios hacen explotación de mi luz, de mi anhelo, de mi fe y mi valor. ¡Cuánta odiosa mentira serví, sin querer yo! ¡Cuánto lucro y engaño con mi luz se amasó! Porque fui humilde y simple; porque en toda ocasión creí que quien me hablaba tenía sed de Dios. Lo que no profanaron los demás, lo mejor que me dio el Destino, eso lo manché yo; porque siempre fui débil, inestable, y porque soy tal vez un pobre loco que enloqueció el fervor... Y entre el diablo y el mundo hicieron de mi sol, en vez de luz, tinieblas; en vez de paz, dolor. Mas yo no culpo a nadie de mis caídas, no; ni me inquieta un instante mi justificación: si por necio o por débil mi vida fracasó y en mi jardín florecen el mal y el error, inútil ya sería saber si he sido yo el culpable o la víctima de una maquinación. Si el fruto está podrido, es que el gusano halló en él propicio ambiente para su corrupción. ¿Fue la obra de un demonio, del azar o de un Dios? Es igual... No revive la flor que se agostó. Ahora con los harapos de mi fe y mi valor y lo que todavía me resta de ilusión, he de alzar un castillo y en él, como blasón, en un palo de escoba y hecho un sucio jirón, haré flamear al viento mi enfermo corazón. Y en ese vil andrajo que será mi perdón escribiré con sangre, menosprecio y rencor este emblema del hombre que es su propio señor: “Para juzgarme, nadie; para acusarme, yo.”
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