| BIOGRAFIA DE FRANCISCO GAVIDIA Escritor, educador y periodista salvadoreño. Su poesía evolucionó desde el romanticismo hasta la orientación reflexiva y conceptual de su poema Sóteer o La tierra de Preseas, editado completo en 1949. Lector y traductor de poetas franceses, le descubrió a Rubén Darío las posibilidades renovadoras implícitas en los versos de Victor Hugo, posibilidades que él mismo trató de aprovechar en Versos (1884), convirtiéndose así en uno de los precursores del modernismo en Centroamérica. La trayectoria de su poesía es similar a la de su teatro, como demuestran sus dramas Júpiter (1885), Ursino (1889), Conde de San Salvador o el Dios de las cosas (1901), Lucía Lasso o Los piratas (1914) y La torre de marfil (1920), y el poema dramático La princesa Catalá (1944). Iniciador del relato breve salvadoreño, buscó inspiración para sus cuentos en los tiempos precolombinos y coloniales, así como en otras literaturas. Propuso la creación de un nuevo idioma, el salvador, y hacia 1906 -en esa fecha inició sus vuelos en aeroplano el brasileño Alberto Santos Dumont- pretendió aplicarlo a la creación de su poema en hexámetros Los aeronautas, Poema en Hexámetros a la Gloria Latinoamericana de Santos Dumont, buena muestra de poesía prefuturista. LA VUELTA DEL HÉROE
La sorpresa fue grande en Tlapallán, -llamada por los cronistas "la misteriosa"-: el héroe que llevaba el nombre de la Estrella de la Mañana, estaba de vuelta. Volvía después de muchos años, después de ser rey pontífice máximo en la Tula de Anahuac de ser rey por veinte años en Cholula, la ciudad del Peregrino, diez años en Mayapán. En presencia de esta persona venerable todavía, pero muy demacrada, los ancianos recordaban al antiguo profeta, al tiempo de su partida de Tlapallán, era entonces un personaje de semblante benévolo, blanco y de barba y cabellos rubios, descripción recogida por el cronista Torquemada. Todos tenían presente su manto largo y flotante; su túnica, también blanca, sembrada de flores negras-, rasgo anotado por el venerable Las Casas. Recordaban el séquito que le acompañó en su viaje al Nordeste, hombres igualmente hábiles en las obras de arte y en las combinaciones de ciencia, arquitectos, pintores, escultores, cinceladores, orfebres, joyeros, matemáticos, astrónomos, músicos, "como en las otras industrias para la sustentación humana". Usaré de preferencia las frases vivas que los cronistas han tomado a la leyenda y a la tradición. En fin, tenían presente su maravillosa carrera de héroe y de civilizador. Pero el tinte de melancolía que sombreaba su rostro, tenía algo que era, no sólo la huella que en él dejara la adversidad, era, además, en el héroe, milagroso, en el ser perfecto, el signo de los remordimientos y el descontento de sí mismo. En un dios, como él era que había podido tener la satisfacción de ver desde su teocali, que se alzaba en Cholula sobre una pirámide cuya base tiene cuatrocientos cincuenta metros por lado, el más hermoso paisaje de prados sonrientes y de volcanes coronados de llamas este descontento de sí hacía ver lo que en él había de humano. Estaba gravemente herido, no tanto por sus derrotas y por la saña de sus enemigos, cuanto por sus faltas. Los sacerdotes de Míctlán de Tlapallán, donde se le había erigido el famoso templo redondo que hallaron los españoles al tiempo de la conquista, que habían ido a su encuentro, tenían deseos de escuchar sus palabras, pues les había hablado muy poco. El Tecti o gran sacerdote, que llevaba una mitra con dos plumas de quetzal, y vestía gran túnica azul, cortó las alabanzas con que abrumaba al dios, el agorero, poniendo, como dice una locución vulgar, el dedo en la llaga, y soltando la voz a semejantes razones:
-Escuchadnos, pues, Ceacatl Quezalcohuatl (que este era el nombre de la Estrella de la Mañana en su idioma, que era el tolteca, o náhutl, o náhuate) a fin de que luego nos refiráis cómo ha sido vuestro largo combate con la Luna. Aquí en Tlapallan, el rey de Cuscatlán, llamado el Pez-Águila, quiso restablecer el culto de vuestro enemigo; pero llenos de horror por los sacrificios humanos, los hijos del País de los Collares alzaron en alto sus escudos de oro, y, elevando al trono un pastor se restableció la religión de la Estrella de la Mañana, la vuestra, y prueba de ello es para vos ese colegio de sacerdotes, este templo. Es pues, este antiguo Tlapallán, el único país al parecer, donde no os ha vencido vuestro enemigo el sanguinario Tezcatipoca, si como es de temerse, habéis perdido la esperanza de que vuelvan al poder vuestros amigos de la antigua Tula Anáhuac y en la ciudad pía, la famosa Cholula, célebre años hace ya por su santuario.
El grandioso peregrino pareció volver a la realidad de las hechos y las cosas, al oír estas palabras y clavando en el Tecti su mirada, soltó al punto la voz y habló de esta manera: -De cómo es más temible el enemigo que halaga nuestras pasiones y nuestra vanidad que el enemigo franco y desembozado, es un ejemplo la historia de los últimos años de Quet zalcohuatl, que os habla, y la historia de la caída del famoso imperio de Tula. La Luna, que para los niños es poética, plácida y triste, y para vosotros los sacerdotes que leeis los jeroglíficos y los analtés, es terrible, es, sobre todo, para los dioses, una deidad rica en ardides. Entablada la lucha entre las dos regiones, he aquí que una noche la Luna desciende del cielo, deslizándose por una soga torcida con los hilos de la araña. En seguida se presenta en mi palacio bajo la forma de un anciano, mago, adivino o hechicero, y dirigiéndose a uno de los sirvientes, le dice: -Quiero ver a tu dueño; quiero hablarle. -Ve en paz, anciano, le dice el sirviente, no puedes ver a mi señor. Está enfermo. Puedes incomodarle y causarle aflicción. Tezcatipoca insiste: -¡Quiero verle! Y entonces los sirvientes ruegan al hechicero que ahí espere; y vanse dentro y dicen: Hay un anciano (y dan las señas) el cual afirma que ha de ver al rey y que no ha de marcharse. Respóndoles yo: Abridle paso, que ha muchos días que espero su venida. Pues en verdad, había tenido un presentimiento, engañoso, ¡ay!, pues me anunciaba la dicha, y quien llegó fué mi enemigo. Entra enseguida Tezcatipoca, y me dice: -¿Qué tienes tú? Y añade: -Traigo una medicina que ahora mismo has de beber. Y yo respondo: -Se bienvenido, anciano. Ha muchos días (¿fué acaso un sueño?) que espero tu venida. Y el viejo hechicero entonces: -¿Cómo va ese cuerpo? -¿Cómo estás de salud? -Extremadamente enfermo, le respondo. Todo el cuerpo duele. No puedo mover las manos ni los pies. Entonces dijo Texcatipoca: -Pues bien, es necesario tomar esta medicina que yo tengo, es buena y saludable. Si la bebes, sentirás la embriaguez y el dulce alivio del corazón. Y acordásete ha de la grandeza y trabajos gloriosos de tu vida. Y arderás en deseos de partir, como en otro tiempo, en busca de la gloria, de marchar a países grandiosos que te aplaudan y comprendan, y escribirás nuevas páginas en el libro de tu vida... -¡Oh! sí, le respondí, pues toda la ambición despertó en el fondo de mi pecho; mas los enemigos, los sectarios de la Luna, han suscitado una guerra que ha abatido mi espíritu. -Hay un país donde se te espera. Si en Tlapallan fuiste educado y en Tula has sido grande, en Tula-Tlapallan serás llamado el grande de dos civilizaciones; la tolteca y la maya. Aquí eres Quetzalcohuatl; allá serás Kukulcán. En Tula Tlapallan estará otro anciano que te espera, y hablaréis juntos, y cuando vuelvas a Tula, serás joven como un muchacho. Oyendo estas palabras, siento movido mi corazón, mientras el hechicero, más y más insistiendo: -Señor, dice, la medicina hela aquí: tomadla, pues. Yo estaba aún meditativo; no quería beberla. Pero insiste de nuevo el hechicero: -Bebe, mi buen señor, o, de no hacerlo, va a pesarte muy luego. O al menos, prueba el canto de la taza y gusta un sorbo. Entonces gusté y bebí, diciendo: -¿Qué es esto? Parece ser una cosa muy buena y Ya me siento sano y libre de mi enfermedad. Ya estoy bueno. El anciano hechicero repuso todavía: -Bebe una vez más, señor, puesto que es bueno; así que darás curado del todo. Y bebí otra vez y otra y más veces, hasta embriagarme. Mi corazón se sintió pronto a nuevas proezas, con menosprecio de la corona y del cetro de Tula, y no podía apartar de mi mente la idea de que debía ir, debía partir... Tal era el fin de la impostura del insidioso Tezcatipoca, y la medicina era vino blanco de maguey que hoy llaman "teumetl"... Partí... y aunque salieron a mi paso los habitantes de la planicie en que se alza el gran santuario, y me hicieron rey de Cholula, desde allí seguí con dolor la destrucción del poderío de la raza tolteca. La Luna, deidad pérfida, después de alejarme de Tula se propuso hacerse del poder de su rey Vémac, y por medio de él aniquilar mi nuevo reino. Ved aquí cómo obtuvo sus funestos designios. Siendo los bárbaros el mayor número de sus prosélitos, emprendió la tarea de elevarlos al rango social y a las dignidades toltecas, y para esto acometió la empresa de ganarse la voluntad del rey Vémac, cuya casa había yo derribado, y vuelto al poder a mi partida, miraba con horror el poderío y grandeza de la Ciudad del Peregrino, que así se llamó la ciudad nueva en honor mío.
La Luna revistióse esta vez de las apariencias de un bárbaro, presentándose en la plaza del mercado de Tula, como vendedor de axi, y haciéndose dar el nombre de Toveyo. Aso mose la hija única del rey Vémac a la terraza del palacio, que daba a la plaza del mercado, y vió entre los compradores y vendedores al dios Tezcatipoca, en la más perfecta figura humana que es dado imaginarse. Sintibse poseída de amor por él y en seguida comenzó a enfermar. El rey Vémac advirtió su enfermedad y preguntó a, las doncellas la causa. Ellas contestaron que el amor de un buhonero o vendedor de chile, a quien se conocía con el nombre de Toveyo, y que la enfermedad de la princesa era de muerte. Envió Vémac un pregonero a la montaña de Tzatzipec, con esta proclamación: ¡Toltecas!, buscadme a Toveyo, el que anda vendiendo axi verde y hacedle comparacer a mi presencia. Entonces el pueblo buscó por todas partes al hermoso vendedor de chile; mas no pudo ser hallado. Cuando más se desesperaba hallarle, apareció en el mismo sitio del tiangue y con su misma mercancía. Llevósele ante el rey, el cual le dijo: -¿Quién eres tú? -Soy un extranjero que ha llegado a vender axi verde. Vémac dijo enseguida: Mi hija te ama con vehemencia y no desea desposarse con ningún tolteca; está enferma de amor y tú debes curarla. Pero Toveyo replicó: -Esto no puede ser de ninguna manera; mátame primero; deseo morir antes que oír estas palabras, pues no tengo otro medio de ganarme la vida que vendiendo axis verdes. -Dígote, replicó el rey, que debes curar a mi hija de esta enfermedad: no temas por lo demás. Entonces hizo llevar al astuto buhonero, le bañaron y cortaron sus cabellos, perfumaron su cuerpo, le vistieron magníficamente y le pusieron unas sandalias de oro. Desposóle el rey con la princesa y ella se sintió buena de su enfermedad enseguida. Obtenido el favor real, el dios insidioso ha empleado el poder de Vémac, primero para aniquilar a la aristocracia tolteca en provecho de los bárbaros sus secuaces y creyentes, después para llevar la guerra a la Ciudad del Peregrino. Heme aquí de vuelta... Heme aquí en Tlapallan, de donde salí con mi corte de artistas, después de haber llevado la civilización a tres reinos. Aquí están Mita y mi lago de Gtlíjar. Hueytlato y su río Copán, Quiriguá al lado de un océano y Cuscatlán al lado del otro océano... Por lo que hace al destino de nuestra religión, viendo estoy el porvenir, príncipes de mi casa restablecerán su poder, aunque la lucha entre la Luna y la Estrella de la Mafiana se prolongará a través de los siglos... Mas mi deseo de volver a estar con vosotros es el de dormir el último sueño en la cuna de nuestra raza. Muchos cronistas refieren que Quezalcohuatl murió a los pocos días de su vuelta a Tlapallan.
La loba
" Es Cacaotique, que modernamente se pronuncia y escribe con toda vulgaridad Cacahuatíque, un pueblo encaramado en las montañas de El Salvador, fronterizas a Honduras. Por ahí nació el bravo General don Gerardo Barrios, que, siendo Presidente de la República, más tarde, se hizo en Cacahuatique una finca de recreo, con dos manzanas de rosales y otras dos de limares, un cafetal que llegó a dar 900 sacos, y una casa como para recibir a la Presidenta, mujer bella y elegante por extremo. Un vasto patio de mezcla, una trilla y una pila de lavar café; una acequia que charlaba día y noche al lado de la casa, todo construido en la pendiente de una colina, arriba y de modo que se dominaban de allí las planicies, los valles y vericuetos del cafetal cuando se cubría de azahares; la montaña muy cerca en que se veían descender por los caminos, casi perpendiculares, a los leñadores con su haz al hombro; por otro lado, montes, por otro, un trapiche, a tiempos moliendo caña, movido por bueyes que daban la vuelta en torno suyo, a tiempos enfundado en un sudario de bagazo, solitario y silencioso bajo un amate copudo; más allá cerros magníficos, uno de los cuales estaba partido por la mitad; limitando la finca, una hondonada en cuyo abismo se enfurecía un torrente, lanzando ahogados clamores; aire frío, cielo espléndido, y cinco o seis muchachas bonitas en el pueblo; éstos son recuerdos de la infancia. Mi padre compró la finca a la viuda del Presidente, y dejando a San Miguel vivimos en ella por tres años. Yo tendría entonces unos ocho. Algo más quisiera escribir sobre aquel pueblo, pero no hay tiempo; no dejaré de mencionar, sin embargo, uno de los más soberbios espectáculos que puede verse. Desde la plazoleta del Calvario se ve extenderse un valle de diez o doce leguas de anchura. Por él pasaban otro tiempo, formando selvas de picas, carcajo al hombro, las huestes innumerables de Lempira. En el fondo del valle se ve arrastrarse el Lempa, como un lagarto de plata. En un lado del río, hasta San Salvador, se llamó Tocorrostique; hasta San Miguel, se llamó Chaparrastique. Más allá del valle se extiende el verde plomizo de las selvas de la costa; y más allá como el canto de un disco, la curva azul de acero del Pacífico. "
ODA A CENTROAMÉRICA
Centro América duerme silenciosa e inerme. El sueño del olvido de los mundos: Sus pueblos son estériles llanuras, Zarzales infecundos. Temerosas y agrestes espesuras Que hincha de negra savia el egoismo Por esta selva lúgubre y sombría, Su horrible paso en las tinieblas guía Leñador infernal, el despotismo.
Ved el cuadro, que aviva En la conciencia pública extenuada El rayo de una lumbre fugitiva; Ved extender la Historia Su acusador legajo ¿Qué véis? El crimen coronado arriba. ¿Qué véis? El crimen inconciente, abajo. Los tiranos, la plebe, Todos, los primidos, los que oprimen, Todo pasa y se mueve En un sudario fúnebre de nieve Que de gotas de sangre siembra el crimen.
¡Oh, Patria! ¡Oh, Centro América! Necesitáis con vuestras propias manos Levantar vuestra lápida mortuoria Que gravita en la tierra como un monte E interrogar después el horizonte Para encontrar el rumbo de la gloria.
No: no habían pensado Los PRÓCERES augustos, Cuando hace medio siglo proclamaban Tu santa libertad y tu grandeza En el noble estandarte desgarrado Ni en el pueblo cobarde y maniatdo Sobre cuya cabeza Su huella sepulcral dejará un día Como estampa de sangre El pie de la cobarde tiranía
No; la vehemencia que cual fuego abraza, La indignación terrífica y solemne; La sagrada iracundia Con la que anatematiza y amenaza La palabra de truenos de Barrundia.
La calma pensativa Con que en la soledad de la noche cuando alzan los espíritus el vuelo Y los perfumes suéltanse del broche Y el pensamiento se encamina al cielo; Cuando tiende profunda sobre el orbe La sombra, como trémulo palacio su triste inmensidad de terciopelo; Cuando, ¡oh natura!, tu suspiro exhalas Y los ámbitos cruzan del espacio Misteriosos enjambres De almas errantes de impalpables alas; La calma pensativa, inmensa lucha, Del genio soberano, Con que el gran Valle en el silencio escucha Misterioso y profundo. Inclinado a las simas de la ciencia; Cual forja el porvenir, la Providencia, Para este corazón del Nuevo Mundo;
La fuerza poderosa con que escruta El espíritu inmenso de Delgado Del corazón la misteriosa ruta, Cuando extiende la diestra Sobre el pueblo a sus pies arrodillado Que espera sus palabras para erguirse Y lanzarse al fragor de la palestra.;
:a espada, luminosa cual Idea Con que Francisco Morazán, sondea Donde su rayo el patriotismo fragua, Para escalar las escarpadas cumbres En que el laurel florece de la gloria Y llevar por la mano a la victoria El furor a las bravas muchedumbres; Las épicas y ardientes aventuras, Con que un día el coloso, Gloria de El Salvador, hijo de Honduras, Padre de Centro América glorioso; Ensordeció los ámbitos del Istmo, Surgiendo, como un león, con la bandera Del derecho, trasunto de Mavorte; Con sus huestes ardientes y bravías, Luminosa cohorte, Detrás de esas azules serranías En que flotan las nieblas, hacia el norte; El que sembró llanuras y montañas Con victorias y hazañas, Dando asunto a las rústicas familias Para animar de noche sus vigilias Con el nombre del héroe en las cabañas;
Toda esa fulgurante llamarada Que cual gloriosa bruma Está flotando, oh Patria, en tu memoria, Los héroes de los triunfos de la espada, Los héroes del triunfo de la pluma, Que han tejido de triunfos nuestra historia; Obra providencial, santo legado, ¡Oh! no eran para un pueblo esclavizado Sobre cuya cabeza Su huella sepulcral dejará un día Estampada con sangre El pie de la cobarde tiranía.
¡Oh, centroamericanos, Despertad ya de la tremenda calma! Y en vez del negro y gélido vacío Que lleváis del pecho, Poned en él un corazón y un alma Formados por la audacia y el derecho. ¡Oh, centroamericanos! No acabará la esclavitud si pronto No os tomáis de las manos Ni avanzáis en unión estrecha y fuerte, Poniendo un sólo pecho como hermanos; A ver si hiere a un pueblo de esa suerte El destino que forja los tiranos O si ellos en la empresa hallan la muerte Sí, un pueblo yace en el tremendo sueño Del baldón y el olvido En que se hunden lo oscuro y lo pequeño, Cuando el ánimo pobre y abatido Vive esperando con vigor escaso, Que le trae un camino El ademán de loco del destino O la brújula imbécil del acaso.
A SAN MIGUEL
No que el Señor Luis de Moscoso En San Miguel de la Frontera, Entre los pueblos cave un foso, Y haga sólo, del nuevo tan afanoso, Gente guerrera.
Ha ido rescripto real por todo Lugar hasta ambos virreinatos, Para que los Mestra den modo De que el ganado de sus hatos Venga a romper todo mal ocio, Al intercambio y al negocio A San Miguel de la Frontera.
Plazuelas, calles, solas antes, Todo lo llenan los feriantes, Y todo atrae sus miradas: En sus jaulas doradas.
Los colorines; Desde un jardín de cal y canto, Sobre la parra de jazmines, Raucisono da su canto, El pavo real que la esponjada Cauda, a la luz, como áureos tules-, Abre, flabel de los azules Ojos de Argos constelada.
Todo lo ven los forasteros. Llenan los patios y apeaderos Los añileros, Los especieros, Los ganaderos, Y los mineros, Y en medio al corro ganancieros, Los marimberos.
Un remanso, de gentes en la corriente Han hecho los maceros que llevan banderolas: -!El Alcalde Mayor y la Alcaldesa! Ella contrata con los frailes bulas;
Ella contrata Cristos de yeso y pitos de Esquipulas Y paga con monedas españolas y con tejos de plata.
El habla gentilhombre con los guayaquileños, Los chipanecos, Los quetzaltecos, Y oaxaqueños. Y encomian los señores la fiesta proque vino Un filipino, Y un rico ameca De Ameca-Ameca.
Causan otros remansos como extienden las manos, O pidiendo limosnas o vendiendo rosarios, Los franciscanos, Dominicanos Y mercenarios.
La plazuela del teatro en aquél tiempo era Liza y empalizada para desafiados; Vienen a combatirse desde tierras lejanas Los bisoños y zurdos con sables de madera; Los hidalgos y avezada Con espadas toledanas.
No es lo de menos de la fiesta El tiangue, en el momento En que le prestan lucimiento Bien los señores de la Mesta, O el hacendado henequenero, Cochinillero, o añilero... Llegan a ver éstos y otros, Y hacen en fin cosa de risa, Cómo en la plaza, cuatro potros
Descuartizaban al cuatrero Ladrón Ceniza.
Antes los perdidosos y malos negociantes Al volver a su tierra, viendo el arcángel fiel, Que abría sobre el templo sus alas rutilantes, esde un alto recodo del camino, decía, antes: De San Miguel, Sólo El.
Ahora, al sol temprano quer las techumbres dora, Cuando los ojos yertos vuelve al arcángel fiel, Del pórtico del templo que derribara otrora El rayo -el feriante maltrecho, dice ahora: -De San Miguel Ni Él.
Que pase breve tiempo y al lado de su esposa, Tendrá él mismo un recuerdo dulce, sereno y tierno, Al oír por la tarde bajo el dintel paterno; A sus hijos que exaltan a la ciudad famosa: Sexta, mayesta, Martín de la Cuesta, Dijo mi padre Que pícara en ésta: -A comer pan con miel A la puerta de San Miguel!!
A CENTROAMÉRICA
Oh! minoría cultas, indolentes; ¡Minorías! la gloria será vuestra, Cuando inclinandoos sobre el pueblo rudo, Tendiendole la diestra, Hagáis del pueblo indestructible nudo Y halle en la unión impenetable escudo La corrupción irónica y siniestra.
¡Un alma para el pueblo! Ved lo que os pide el porvenir: un lazo Que estreche los espíritus y el brazo y que os sostenga el ir hacia adelante: La democracia, formidable atlante, Invencible coloso, Vendrá, cuando en trabajo luminoso Concentreis el espíritu que flota, Como una fuerza cosmica gigante, En la dispersa muchedumbre ignota.
LOS TRES MOMENTOS DE COLÓN Y DE ISABEL LA CATOLICA LAS JOYAS DE LA REINA
Grande azar,--dijo el Rey-- la tierra ignota; La ciencia de Colón puede ser vana... Más con todo, Aragón le da a Castilla En préstamo, los gastos de la flota... !Pero siendo la empresa castellana, Falta un buen fiador, y ello es mancilla!... --Yo empeño mi joyel de Soberana, Dijo Isabel, la reina de Castilla
LA ORACION DEL ALMIRANTE
Había visto, puesto en atalaya, Luces que iban y a veces se eclipsaban, Como desde una choza hacia otra choza... No era nube engañosa; era una playa. Irguióse, pues, Colón, como Almirante, Y esperó que la nave de adelante Diese, si su ansiedad no lo ha engañado, La señal que ha ordenado... Retumbó al punto el bronce ondisonante.
Entonces piadoso, Cual las almas sencillas, Cayó este hombre tan grande, de rodillas... Y dijo esta oración: --Dios poderoso! Que al eco de tu voz, diste la vida A la tierra y al cielo, al mar y al viento! Que sea bendecida Cada letra sagrada de tu nombre, En el que todo bien y luz se encierra,-- Ya que me mandas redimir al hombre, Hasta ahora ignorado, de esta tierra!
LA NUEZ DE COCO
Helos de vuelta ya... Traen la gloria; La nueva de uno Nuevo, al Viejo Mundo; La página más grande de la Historia, Tal sonaba en la mente De Colón... Cuando lejos, Los contrarios alisios se obscurecen, Y se erizan de súbitos reflejos... Hincha el trueno una nube de repente... Las olas crecen... crecen...
Tras seis días la flota tranqueaba, Consultado el Destino, Que responde glacial... silencio... nada... Escrito en uno y otro pergamino, Confió su gran secreto, el Almirante, A alguna nuez de coco, A algún rollo de cera, A una caja embreada... Y lo entregó a las olas del Atlante. Que supiesen su triunfo y la sentencia Cruel del Hado loco, Y sus hondos y amargos desengaños, los pueblos de la Europa... Sólo entregó el mensaje Petrificada ya, la nuez de coco, a los trescientos y cincuenta años...
Había en la grande hazaña puesto un poco De su parte, la oculta Providencia.
LOS GRANOS DE TRIGO
Ya es Almirante el que antes fué mendigo; Grande la flota que se da al Atlante. La reina habla consigo al Cielo amigo, Y hunde sus manos reales En una blanca cesta, rebosante de granos frescos de dorado trigo.
Cuando veáis el Ande americano, Tachonado de cuadros Que doran los trigales, Pensad como poetas, Que en la cesta de granos desiguales, La más gorda semilla, Fué escogida primero por la mano De Isabel de Castilla.
LAS PALABRAS DE ORO DE LA REINA
Brillaba en Salamanca un estudiante Por su capa, su espada y su diamante, Pero mayor aún era su brillo Por su saber profundo,-- Que llevaba por gala un esclavillo, Indio del Nuevo Mundo.
Se achacaba a Colón tanto desdoro, Como era que el colono indomeñable Enviase a rescatar a falta de oro, El indio ya vencido y miserable. Ofendióse la Reina y con vehemencia --¿Quién, dijo, dió licencia De que sea mi gente repartida? Que sea nada uno reembarcado, Libre y por quién pagara su venida; Que sea en pregón público mandado; Que sea bajo pena de la vida.
!Tal gesto salva un mundo y lo redime! Sus palabras, candentes como brasas, Fueron después, !encarnación sublime! Un apóstol... !Las Casas!
GRILLOS Y CADENAS
La flota se hace al mar... Lastrada de oro La onda sumisa orpime a su partida. La turba humana eleva con decoro La altiva sien yel himno de la vida.
Y mientras engalanan las antenas Y flotan las alegres banderolas, Sólo un hombre respira entre cadenas Y en torno de él gimen por él las olas...
¿Quién? Cristobal Colón, el Almirante, ¿Quién? El descubridor del Nuevo Mundo-- Privado de su nombre resonante Y sus destinos de su amor profundo.
!Misterio de la suerte! ¿Fué clemente Al desuncir los leones de su carro? ¿Habría él sido un Hasting de Occidente? Mal estaba en sus manos de vidente La espada de Cortés y de Pizarro,--
Y es más pura su gloria, Siendo para la Historia, El Genio que completa La esfera azúl para la humana mente, y para las naciones, el planeta. AYUDANOS A MANTENER Y MEJORAR EL SITIO, HAZ UNA DONACIÓN | |