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 Hugo Lindo Olivares fue un poeta, novelista, diplomático, político y abogado salvadoreño nacido en el Puerto de La Unión (El Salvador), el 13 de octubre de 1917, dentro de una familia de clase trabajadora.
Estudio en la Universidad de El Salvador, donde obtuvo el título de Doctor en Jurisprudencia y Ciencias Sociales. En 1947 hizo un viaje como diplomático a Corea. Fue embajador de El Salvador ante la República de Chile (1952-1959) y ante la República de Colombia (1959-1960). Fue Ministro de Educación en 1961 y volvió al servicio diplomático como embajador de El Salvador en España (1969-1972). Participó en la fundación de la Universidad "Dr. José Matías Delgado" y se desempeño como Decano de la Facultad de Bellas Artes de esta Universidad (1979-1985).
Publicó los poemarios: Poema eucarístico y otros (1943), Sinfonía sin límites (1953), Trece instantes (1959), Navegante río (1963), Solo la voz (1968), Maneras de llover (1969) así como las novelas Justicia, Señor Gobernador (1960, su obra más conocida), Cada día tiene su afán (1965) y Yo soy la Memoria (1983).
Murió en San Salvador, el 9 de septiembre de 1985.
En 2005, la VII Semana de la Lectura de El Salvador estuvo dedicada a su memoria.
(La presente selección del poeta Hugo Lindo, ha sido realizada por el poeta André Cruchaga, en virtud de difundir a los poetas mayores de la literatura salvadoreña)
V Hablo de ti. De mí. De la mujer hallada Donde la sombra y el costado herido. Del primer estertor. De la manzana, Y del llanto inicial de nuestros hijos.
Hablo de la inocencia. De tu imagen Y su dulce reflejo sobre el agua. De un vuelo ya olvidado Que estremeció de blanco el aire puro. De un cáliz entreabierto en la mañana Y del rocío en él, como un milagro.
XI Cuando digo te amo, Yo pronuncio palabras radicalmente nuevas. Nunca nadie Vertió en ellas el tono cabal, El mismo arrobo. Ni yo mismo dos veces.
Cada ocasión es otro reflejo de otras aguas. No puede repetirse Sino aquello que es repetible. Y esto Se niega a persistir, danza, se muda, Se convierte en amor de mil maneras.
Ni el sonido es el mismo: las palabras Se acortan, Se tropiezan, Se entrecruzan En una fuga alucinante y múltiple.
Una vez, por ejemplo, Un niño triste se asomó a mis labios Y cayó en tus oídos Como una flor herida por mitad del aroma.
Otra vez, en las sílabas menudas Estaban todo el mar, Todo el olvido, Todas las dimensiones del naufragio.
Tuviste miedo entonces. Miedo de las figuras ya borrosas, De los fantasmas ávidos de un beso, De las tormentas Apaciguadas hoy bajo la espuma.
Cada minuto es nuevo. Cada voz, otra voz. Y cada frase un sueño inaugurado, Una aurora distinta, una ventana, Una estrella que brota de repente, Una camelia virgen, Una luna, Una manera intacta de quererte.
Si algún día dijiste ya he tenido esta rosa en mi regazo, No logró la verdad sitio preciso En tu deseo de afirmar las cosas.
Porque esta rosa es nueva.
Es otra rosa.
Es una que amanece, Que parece, Que vuelve a madrugar dentro del pecho, Siempre distinta y de fugaz aroma.
Nunca la viste ayer, ni podrás verla En instantes futuros. Se sucede Como las lluvias del invierno. Cae Siempre que te susurro estas palabras Radicalmente nuevas, Nunca dichas, Por nadie, Ni siquiera por mí, que las pronuncio.
XX Todo esto. Yo me busco. Yo te busco. Hallo un largo dolor que nos circunda, Como si la manzana que mordimos Hubiese madurado entre las sombras.
No sé cómo decirlo. Estoy vacío. Me quema una palabra que no encuentra Su rumbo hacia los labios. Me tortura Una nostalgia artera, subterránea, Que no descubro sino cuando lloro.
Y estoy solo y contigo y nuevamente Conmigo y solo y busco y no te encuentro. Y no me encuentro. Y solo. Y nuevamente. Como si este vacío fuera todo.
Fácil palabra 5 Teníamos que decirnos muchas cosas Y no hallábamos cómo. Era mejor así. Corría el tiempo Y envejecíamos con él. Y eso era hermoso. Porque pensando apenas, o sintiendo o pensado O nada más sintiendo Adivinábamos Lo que es el zumo de este testimonio: Teníamos que decirnos muchas cosas, Pero ¿cuáles? ¿Y cómo? 33 Fácil palabra. Nunca hubo palabra Fácil para entregar ni recibirse. Siempre el trayecto le cortó las alas, El aire avaro le robó matices Y ese fervor con que la pronunciamos Redujo la fragancia de su origen. Aprende en ello que si amor te digo Es más amor de lo que tú percibes: Que te llega el reflejo y eso basta Para que te circunde e ilumine.
Las cuatro dimensiones del instante 3 Hondura del dolor ¡Qué lección aprendiste de la tragedia, oh tierra! Se te empapó la carne de silencio infinito, Las cruces te brotaron como árboles de guerra Y las aves trocaron su canto por el grito.
Sentiste que corría sobre tu piel la ausencia, Que el llanto de los hombres te calaba los poros, Que hasta la hierba estaba urgida de clemencia, Que eran de polvo y sangre los ansiados tesoros.
Viste pasar la inmensa caravana de viudas Con los hijos a cuestas. Los jóvenes de antes Retornar con las cuencas vencidas y desnudas, Con los miembros rasgados, lívidos y sangrantes.
Laceró tus oídos el lamento blasfemo De aquél que fue a la muerte por el amor asido, Y retornó a encontrarse con el dolor supremo De la copa vacía y el lecho envilecido.
Escuchaste el crujido de la máquina fuerte Que sucumbió al empuje del enemigo artero, Y al capitán marino que desafió a la suerte, Lo hallaste entre residuos de carbón y de acero.
4 Dimensión de la esperanza Tierra, madre marchita y ampulosa, Madre vencedora y vencida, Regazo de la hiena y de la mariposa, Del santo y del homicida: Creemos en tu ruda maternidad, en tu dolorosa Pasión de ser el sitio de la vida. Creemos en tu lloro fecundo Que hace crecer la mies y madura la poma Y riega sobre el mundo Con excelsa locura La virtud, el amor y la aventura, Y el trino y el color y el aroma.
Y pues somos creyentes de tu rito, Apáganos ya el grito Del hombre mutilado, de la virgen desnuda, Del niño escarnecido y de la viuda
Brillen de nuevo en la campiña Los prados de esmeralda, Y florezca la niña Que recogía moras en su falda. Sea dado rezar como otras veces mas no al igual que los abuelos que elevaban sus preces al reino de los cielos: Mezclada la oración con el trabajo, Vencidos los blasfemos, Dios será con nosotros aquí abajo.
Y entonces rezaremos, Puestos a la otra orilla de la guerra, Con el pecho frutal, con el alma encendida, Una oración, de pie como la vida:
¡Padre Nuestro que estás en la tierra
!
Figura y alabanza de don Miguel de Cervantes Saavedra Lepanto Lepanto. Las galeras venecianas Tremolan sus pendones. Hay un surco De fuego entre las áncoras cristianas Y las quillas del turco.
Ruge la mar, ahita de pavores. Se alzan las medias lunas y las cruces Y el aire se ensordece de atambores Al trueno rojo de los arcabuces.
El jefe veneciano, Barbarigo, Tiene un velo de sangre sobre el ojo; Pero aún está de pie, y el enemigo No ha logrado templar su fiero arrojo.
Don Juan, el Serenísimo, avizora La galera cristiana en donde está, Clavada en una pica vengadora, La cabeza feroz de Alí Bajá.
Al frente de la nave La Marquesa viva estatua de carne, humano cedro Alienta a los titanes de la empresa El Capitán Francisco de San Pedro,
Cuando del fondo del navío, advierte Surgir una figura desolada Cuya color es de amarillo-muerte, Que sólo tiene vida en la mirada.
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Libro de horas 3 A.M. Madre, ¿de qué son las olas? Son de jade movedizo
¿Y los horizontes, madre? ¿Los horizontes?... ¡de vidrio! Madre, yo quiero quebrarlos para herirme con su filo
Madre, ¿de qué son las velas? Son de sueño
¿Y los navíos? ¿Los navíos?... ¡de aventura y de esperanza, y de hechizo!... ¿Verdad, madre, que me harás una gorra de marino?
Madre, ¿adónde van los viajes? ¿Los viajes?... Van al olvido
Y los barcos que no viajan ¿por qué se quedan?
¡Por niños!... Madre, cuando sea grande, ¡Yo también me iré al olvido!...
Amada mía Amada mía: ¡el tiempo, el tiempo! ¿Qué sabemos nosotros de sus alas o de sus garras?... Todavía gira La racha de un aroma deleitoso. Todavía tus dedos Tiemblan con un temblor de ramas tiernas Cuando arrimo a tu ser mis soledades Buscando el agua lenta de tus ojos
¿Pero quién profetiza? ¿Quiñen nos graba en la piedra y el bronce? ¿Quién nos dice que en la marea de tu pelo un día no se posen gaviotas extranjeras?
¿Quién asegura que el destino es firme cuando el destino asoma por mis voces y te dice un arrullo transitorio disfrazado de ilímite esperanza?
Créeme eternamente este minuto, Pero sólo el minuto, eternamente.
¡Maravillosa flor la flor de escarcha que huye de sus aristas y su forma para trocarse en lo que no sabemos y dejarlo de ser al otro instante!
¡El tiempo, el tiempo, el tiempo!... ¿Qué sabemos nosotros de sus aguas ni cómo nuestras velas de ternura hallarán su horizonte o su naufragio?
Amada mía: el tiempo es tiempo de aire, Y más de aire nosotros que volamos Entre el arrullo dulce de un segundo Y el silencio del polvo innumerable.
Créeme eternamente este minuto, Pero sólo el minuto, eternamente.
Última fuga Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero. Santa Teresa de Jesús
Era volviendo la emoción arriba, Trasponiendo la leche de los astros Hasta llegar al corazón del día Por nuestro propio corazón de barro
Era olvidando el grito y la sonrisa, La móvil trayectoria del gusano, La dimensión y el fuego de la herida Que nos convierte en huéspedes del llanto
Era yéndome a patrias imprevistas Por caminos de amor, cilicio y canto: Como San Juan, como Fray Luis solían Vagar en la neblina de los páramos: Como Teresa fuerte, dulce y fina Se iba en la miel de sus silencios altos
Era así, renunciando a nuestra ínfima Condición de pupilos del espacio, La posesión exacta de la huida Y el inefable beso del milagro.
Trece instantes Nocturno con espera Ha de llegar. Se ignora todavía Quién habrá de llegar. Y aunque se ignora, Nos lo está repitiendo hora tras hora El corazón, maduro de alegría.
Ya sucumbió el horóscopo del día. Ha de llegar precisamente ahora Que una indecisa luz baña y decora El cielo, estremecido de poesía.
Ha de llegar
y en esta vana espera Desmaya la ilusión
¡Si alguien supiera Quién o qué llegará!... Pero se ignora
Su línea y su color y su estatura
Solamente adivina la locura Que ha de llegar, ¡precisamente ahora!
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