
WALTER
MONGE-CRUZ
SECRETARIO GENERAL
RELATOS DE GUERRA
A Mayo Sibrián lo fusilaron pocos días después de que, en efecto, entregó voluntariamente el dinero que tenía enterrado, según Juan Patojo. Para entonces el comandante degradado estaba trabajando como ayudante de Guayón en el taller.
-Todo el santo día se chingaba el viejo cargando bultos, y no rezongaba. Entonces ahí cerca del taller nos cayó una bomba de 500 libras que por suerte no estalló, que si no ahí mismo nos hubiera rostizado a todos. El caso es que ahí quedó enterrada la babosada esa. Como yo sabía desactivar esas bombas resolví desenterrarla.
Vaya, le dije a Mayo, agarrá pico y pala y empezá a escarbar; recuerda Guayo.
Pedro Café recuerda que, por esos días, lo mandaron a llevar el almuerzo al personal del taller:
-De pronto empecé oír unas fuertes campanadas que se prolongaban por el eco de los cerros, extraño se oía aquello, y yo me preguntaba qué estaba pasando. Y cuando llego al taller voy viendo a Mayo y a Guayón encaramados en la bomba. Guayón estaba con una gran almágana dándole al fulminante. Puta, se me aflojaron las canillas, se necesita tener bien grandotes los de abajo para hacer algo así. Yo les dije ahí les dejo la comida y salí de ahí lo más rápido que pude.
Poco después del reclamo de Joaquín Villalobos, y del informe que Jesús Rojas envió a Managua sobre la situación del paracentral, la dirección de las FPL inició otra investigación sobre el caso. Sin embargo, todavía durante todo el año de 1990 Mayo Sibrián y su equipo de mando siguieron matando combatientes por considerarlos infiltrados.
-La primera que vino fue Rosario, la esposa del comandante Ricardo Gutiérrez. La mandaron de Nicaragua para que verificara la situación. Como ella sabía que yo tenía alguna cercanía con su marido, fui uno de los primeros con los que habló. Pero yo ya desconfiaba de todo y de todos, y no quería decirle nada de lo que me preguntaba. Pero ella me insistió y me dijo que no tuviera miedo, que ella venía a investigar para que las cosas ya se arreglaran en el frente-, recuerda Edwin.
El comandante Federico, del ERP, estaba preocupado. Había observado que el fracaso de la ofensiva de 1989 estaba impactando de manera cada vez más notable la moral combativa de la fuerza que, bajo su mando, operaba en Usulután. Eso se comenzaba a expresar en un peligroso relajamiento disciplinario. En una ocasión, con el objeto de estimular a su tropa, organizó un baile con la idea de que los combatientes interectuaran con la población civil y salieran de la rutina. Pero recién empezada la fiesta él recibió un mensaje y tuvo que ausentarse.
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De los cien milicianos cinco murieron en combate, pero solo trece regresaron con vida a sus lugares de origen. Todos los demás fueron torturados y ejecutados por el mando de las FPL en el paracentral. Miguel Uvé relata que, cuando lo supo, lo conversó con el padre Cortina, y que este manifestó su estupor y su enorme pesar por esos hechos que consideró inexplicables.

Antonia Osuna viuda de Romero vio partir a sus cuatro hijos, todos estaban organizados en las FPL. Es bastante probable que algunos de los hijos de Antonia hayan sido desaparecidos; lo cierto es que de tres de sus hijos no se tiene noticia sobre el lugar donde fueron enterrados, paradójicamente el más chico, José Amílcar "Lucas", fue asesinado por sus mismos compañeros.

A finales de 1981, Alejandro Montenegro fue designado a la jefatura del ERP en el cerro Guazapa, en calidad de miembro del Estado Mayor Conjunto del FMLN en ese frente. Ahí, casi un año después, surgieron nuevos problemas con sus jefes.
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Largos meses han pasado desde la "ofensiva final". Los planes que impulsamos han dado resultado: hemos logrado sostener operaciones militares de manera permanente, consolidando la estructura de comandos; el enemigo ya no nos ha podido golpear como al principio de año y, además, con Miguel estamos recuperado en gran medida el frente occidental.
"M" ha venido por fin hasta mi puesto de mando en el cerro de Guazapa. Después de tanto tiempo sin vernos nos abrazamos y besamos un largo rato. Luego comenzamos a conversar.
-Te tengo una mala noticia. En Honduras ubicaron el local donde estaba Tania, hubo un enfrentamiento y lo mataron-, dice.
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Lino Caballero, el comandante Melo del ERP, estaba destacado en las cercanías de Nuevo Edén de San Juan, al norte de San Miguel. A principios de 1987, llegaron despavoridos a su campamento unos diecisiete combatientes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRTC). Habían salido huyendo de Cerros de San Pedro, porque, aseguraron, que el mando de las FPL los acusaba de ser infiltrados y los querían matar, como ya lo habían hecho con muchos otros compañeros
Pero es al mismo tiempo un hombre seco, parco, que parece simular confusión en sus recuerdos cuando se trata de la matanza de sus compañeros. Y no es porque no quiera hablar de ello, es porque en su alma anida un dolor ahogado en todos estos años de silencio, un grito pausado que se agazapa en su pecho, como esperando el momento de salir, un grito de rabia y de vergüenza. Cuando finalmente decide hablar del tema reflexiona tan crudamente que es imposible no creerle. Una de sus primeras reflexiones compartidas con nosotros es contundente:
-Por acción u omisión, todos los que estuvimos en el paracentral somos cómplices. Yo me siento culpable porque no dije ni pío. Los asesinados eran gente buena, gente que se entregó de lleno a la revolución, dio lo mejor de su vida y no les importaba haber muerto combatiendo frente al enemigo.
A las cinco de la tarde comenzamos a escuchar los primeros silbadores, la señal inequívoca de que había fiesta. Los cohetes sonaban como disparos de pistola veintidós. Es el 24 de diciembre, hace frío y sólo estamos los cuatro en el charral, no hay más que grillos y un radio National Panasonic donde Timo y el Peche escuchan una canción de José Luis Perales que habla de un marinero y de la navidad, (con esa música es que la radio de los militares ha logrado unas cuantas deserciones de guerrilleros, a cambio de un plato de sopa caliente y unos supuestos mil colones por el fusil).
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Trine es aún más veterano que Juan Patojo. Se integró a las FPL ("la Felipa" como él prefiere decir), el 19 de julio de 1972 en una reunión clandestina celebrada en el cantón La Cayetana. El hombre conoce cada arroyuelo, matojo, roca, loma, quebrada, cerro, valle o caserío del Paracentral, pues ahí nació, creció y libró la guerra hasta el final. Los ancianos de la zona dicen que Trine ya era "Trine" desde antes del conflicto, inmejorable con el machete y la temeridad a la hora de pelear, una característica que le acompañó durante toda la guerra. Mencionar su nombre es decir mucho en estos lugares.
La situación de descalabro en que se encontraban los frentes nos llevó a sostener nuestras organizaciones en un nivel alto de control y observación. Ahí fue que comenzamos a implementar algunas reglas de la contrainteligencia militar, no siempre con el verdadero sentido y arte que el término representa. Yo, como cualquier jefe de unidad, debía hacer un reporte oficial por radio, desde mi posición, estado operativo de la zona, es decir lo cotidiano, enviado por radio y con mi indicativo, o darlo en el colectivo cuando hacíamos nuestras evaluaciones.
En diciembre de 1983, en Chalatenango, las fuerzas de las FPL atacaron el Cuartel El Paraíso, sede de la Cuarta Brigada de Infantería del ejército nacional. Luego de intensos combates, los rebeldes lograron lo que parecía imposible, por cuanto no existía ningún antecedente hasta ese momento: la toma de un cuartel mediante el aniquilamiento de la tropa enemiga.
Llueve mucho este día, o no sé si es de noche y nada más imagino mi espalda sembrada en el fango; hoy, desde la silla donde trabajo, me es un tanto raro explorar muchos de aquellos sentimientos, que algunas veces me parecen tan lejanos, como si se tratara de las ficciones, de historias que leemos y nos hacen concluir de inmediato que no seríamos capaces de hacer tanta locura de la que se cuenta en los libros de guerra
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Polo tenía razón, no íbamos a llegar tan fácil. Era las cinco de la mañana y todavía no podíamos salir de una vaguada oscura y pedregosa donde estábamos atrapados. Cada vez que intentábamos subir nos veníamos de talegazo con puchos de tierra y piedras encima. Con una compañía de soldados tirándonos plomo ya estuviéramos en Cutumay Camones, dijo una voz por ahí.
Pienso en Paty, la linda psicóloga de la UCA torturada y después asesinada; en Ana, amarrada, quebrada de brazos y piernas; pienso en Lucas pidiendo aunque fuera orines para beber antes de ser ahorcado; en el pelotón de muchachitos que llegaron del refugio, fusilados de una vez; en el pelotón de veteranos colgados de los árboles y muertos, todos, a garrotazos: pienso en El Maestro, ingenioso zapador, asesinado también; pienso en Anacleto, un "ser maravilloso", en Chamba, en Rogelio, en Verónica, y no encuentro la respuesta.

Foto por CA21
Hernán Vera (Maravilla), periodista venezolano integrado al Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, en Morazán, se curtió en innumerables batallas a lo largo del conflicto salvadoreño. Pero fue en 1984 y en la cumbre del volcán Cacahuatique donde vivió, concentrado en unos cuantos minutos, todo el horror de la guerra. Fue él quien hace algún tiempo nos conto esa experiencia límite.
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Una vez extendido el mapa y surcado el territorio, uno de los mitos mayores de la guerrilla salvadoreña parece romperse. Durante los años de la guerra se conoció que las dos retaguardias, y por consiguiente, los mayores territorios guerrilleros bajo control, fueron el norte de Morazán y Chalatenango. Pero una vez observada la complejidad de los territorios del frente Para-central, su extensión, su variedad geográfica, los departamentos incluidos y la cantidad de tropa guerrillera, la historia se reescribe por sí sola y la verdad se devela haciendo añicos los mitos.